Isabel se fue de su pueblo cuando terminó la secundaria, quería estudiar y la única manera de hacerlo era irse a la ciudad. También tenía la posibilidad de cruzar al otro lado para probar suerte, limpiando algún hotel, ensamblando piezas en una maquiladora o sirviendo combos de comida rápida. O podía quedarse en el pueblo, casarse a los veinte años y dejar a un lado el derecho a la educación y quedarse entre recetarios de cocina. Si tan sólo hubiera nacido en alguna ciudad, ingresar a la universidad sería más sencillo—pensaba ella—.